CRÓNICAS ILEGALES 20: Goldengateando en San Francisco... ... ...By Gino Winter
CRÓNICAS ILEGALES 20: Goldengateando en San Francisco…By Gino Winter
Mismo déjà vu, cuando llegué a San Francisco me pareció que ya había estado allí, no sólo por su clima similar al de Lima, sino que al mirar la estupenda bahía, el hermoso Golden Gate Bridge, la prisión de Alcatraz Island, el edificio Transamerica Pyramid, la serpenteante Lombard Street y el pintoresco Cable Car , recordé los cuchocientos episodios de “Las Calles de San Francisco” en los que Michael Douglas las recorría disparando a diestra y siniestra y matándome de celos porque mi enamorada en la primaria estaba más templada de Michael que de mí: tenía su foto en todos sus cuadernos, en su carterita y sobre su velador y la mía junto a su bacinica.
Éramos seis ejecutivos en plan de trabajo. Alquilamos una van y nos fuimos dando tumbos sobre las lomas de la ciudad cruzando el Golden Gate camino a San Rafael. Veníamos maltratados por el viaje, muertos de hambre y sin afeitar. Paramos en el primer restaurante italiano del camino y salimos de la van como una tromba de desesperadas huestes famélicas, con tal aspecto que la gente en el restaurante se sobresaltó y un viejito que salía con su bolsita “for to go” levantó las manos y se pegó a la pared… cuando nos vieron sentarnos y pedir el menú con educación, soltaron un suspiro de alivio, mostrando sus perfectas dentaduras norteamericanas. Fue la primera vez que probé el pan de San Francisco, suave pero consistente, de obscura y crocante corteza y un punto exacto de sabor. Antes de cruzar el famoso puente, divisamos una linda plazuelita con la bandera peruana y seguimos nuestro viaje por Bahía Tiburón y Sauzalito, lindo pueblito pesquero old fashioned donde regresamos de noche para saborear sus famosas langostas y su pez espada. Llegamos al Embassy Suites Hotel de San Rafael luego de una hora y nos acercamos al counter para el correspondiente check in. Era el primer viaje de mi amigo Cachín, quien por no hablar ni pizca de inglés, iba pegado a mí, más asustado que el pájaro Uyuyui cuando aterriza entre los cactus (tiene los testículos gigantes, el pájaro digo)… La station hostes me preguntó si queríamos la habitación con una cama king size, o dos twins y al decirle king size nos dio una sola habitación para los dos, por lo cual tuve que aclararle que necesitábamos una habitación para cada uno, pero ella me porfiaba que no me preocupase, que en San Francisco era perfectamente normal una pareja gay en una suite matrimonial (se dice que un 30% de su población es gay). Cachín me preguntaba insistente qué pasaba y al enterarse se me despegó de un salto y con voz de estibador espetó: “¡que se dejen…que se dejen…que se dejen de vainas carajo, o les rompo el kiosco!”
Aclarado el impasse recibimos sendas habitaciones y caímos rendidos hasta la mañana siguiente en que cinco de nosotros nos encontramos temprano en el lobby para telefonear fregando a Cachín que no salía de su habitación, en la cual no pudo dormir por el stress del viaje:
- Hello mister Landa, do you want to take your breakfast in your room or in the brunch garden?
- Eeeetee...yo..no habla...no habla…e…“espanich” (sic)…más tarde amigos “maifren” llama por “plis” yo banco….
- ¡Apúrate webón que se enfría…!
Viajamos hacia el Silicon Valley con el fin de comprar un sistema de scoring y recibir el training correspondiente, pero nos alcanzó el tiempo para ir al Napa Valley y probar los mejores vinos de California. Cachín, experto en vinos y completamente laico en quesos, se empujó medio kilo de blue cheese, del más fuerte, sin pan, a pesar de las advertencias de que le rajaría la lengua. Luego del almuerzo al aire libre y al notarlo extrañamente callado, le preguntamos:
- Cachín ¿tutto bene?
- Unjwblonomenlaenga…
Regresando al Down Town, tomamos el Cable-car, un lindo tranvía sin motor, que circula gracias a un cable de acero que recorre la ciudad movido por un motor estacionario desde su casa matriz; un brazo mecánico que cuelga del tranvía a manera de guasamaya, entra a la angosta zanja en medio de los rieles y engancha el cable que corre por debajo de la pista dejándose llevar, cuando quiere parar, el conductor suelta el cable y aplica los frenos; increíble tecnología de hace dos siglos…
Cachín nunca había visto una máquina vendedora, así que cuando vio una que mostraba planos en una pantalla con una propaganda de Pepsi, confundiola con una expendedora de sodas, metió una moneda por una ranura y se agachó a esperar su lata poniendo las manos en el tubo de ventilación al ras del piso. Cachín era desgarbado y más pálido que teta de monja y usaba una guayabera blanca que le quedaba como bandera, se paraba y se agachaba tratando de obtener su gaseosa. La gente comenzó a arremolinarse confundiéndolo con uno de los mimos de la ciudad. Su socio, el gordo Quentin Lazo, había cogido una plaga de traqueitis y cada vez que se agitaba, como que se le cerraba la glotis y se ponía morado... casi se nos muere al no poder aguantarse la risa, su secretaria creía que se había atragantado por tragón y le reventaba los pulmones a manazos para que escupa, mientras el gordo movía su dedito índice indicando que no, que lo dejara solo para relajarse, pero la Chata era terca y ¡zuácate! que le daba al gordo con salto incluido y con vuelo, ¡fuá mierda! ¡Aaaaggg!. Hasta que por fin pudo escaparse el pobre gordito…
Cachín ya estaba en la boutique de Beneton comprando ropa para sus hijos. Le preguntó a la cajera si tenía “una bolsita para meter la faldita que le había comprado a su hijita”. La gringa no hablaba Español y no le entendía ni papa, entonces Robustelli, un ingeniero italiano que nos acompañaba, le dijo en su “bachichinglich”: ”He saide iff iou coulde give hime a little bage to pute the little skirte inside, please”, la gringa respondió “Oh, sure!” a lo que Cachín aclaró : “No, no, no, el short no, sólo quiero la bolsita para meter la faldita…”. Salimos a la calle para reírnos sin ofender a Cachín y para que el gordo Q.Lazo trate de recuperar el aire que la traqueitis le birlaba peligrosamente, no sin antes mirar para atrás por si se aparecía la Chata y ¡rájale!, que le daba al gordo como a campana de bombero…
G. Malpaso
Copy rights Dayly Planet, SF USA
FII UNMSM, Dic’2006
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