CRÓNICAS ILEGALES 18: Humuhumunukunukuapua'a
CRÓNICAS ILEGALES 18: Humuhumunukunukuapua'a...
By Gino Winter
Todavía en Lima-Perú, preparándome para el exilio, saboreaba un exquisito sanwich de chicharrón con camote frito en el Kio's, cuando de pronto me pareció escuchar, dentro de un comercial televisivo de Fanta, la palabra hawaiiana: "Humuhumu-nukunuku-apua'a"... Recordé con nostalgia mi llegada a Honolulú en la Isla de O'ahu (gracias al millaje de mi añorada Goldcard) y las horas que pasé en el aeropuerto internacional John Rodgers, tratando de encontrar en los servicios turísticos un hotel que me cobrara menos de trescientos dólares la noche. Un agente de turismo, sorprendido porque en sus diez años en la isla recién veía un peruano, me aconsejó tomar uno o dos días que quedaban libres y en remate, entre periodos de hospedaje de treinta o más días que tomaban personas con mayor capacidad económica, en los mejores hoteles Resorts de la isla. Así me pasé la primera semana mudando cada uno o dos días de habitación o de hotel, lo cual me ahorró doscientos dólares diarios pero me dejó paranoico. Cuando ya me estaba cansando de hacerla de gitano, conseguí una habitación por menos de cien dólares la noche, incluyendo desayuno con fruta, muffins, pastelitos, panes y el extraordinario café gourmet Kona, disponible en dieciséis sabores humeantes, entre ellos mi favorito: tostado con nueces de Macadamia. Fue en el hotel Diamond Head (cabeza de diamante), cerca del volcán apagado del mismo nombre. Creo que estaba subvencionado, pues el ingreso estaba restringido a los participantes de un torneo internacional de Bodyboard (Morey), por lo cual tuve que presentarme como subcampeón peruano de dicho deporte y coronar campeón instantáneo a Juanjo, un amigo peruano que estaba en las mismas condiciones y que había olvidado su lamentable Inglés del ICPNA de la avenida Emancipación. Él se enteró al día siguiente cuando le preguntaron por nuestras tablas y tuvimos que decirles que llegarían en otro vuelo. Inmediatamente, dos amables japonesitas pusieron a nuestra disposición sendas tablas hawaiianas y equipos ad-hoc indicándonos el camino hacia la terraza del hotel que estaba metida en el mar, al final de Waikiki, donde los campeones de diferentes países estaban jugando peligrosamente con las olas. Yo nunca me había subido a uno de aquellos trastos y mi compatriota apenas podía hacer "el perrito cojo" y había dejado de hacer "el muertito" porque casi le sale de verdad. Pudimos sacarles la vuelta y enrrumbar hacia una linda playa nudista al lado del hotel, en donde mi compadre Juanjo se negó a ingresar, esgrimiendo su extraña formación agnosticopusdeica y llevándome de facto hacia una playa continua, igual de espectacular, en donde tendimos nuestras toallas de Gamarra. Mientras Juanjo estudiaba su voluminoso tomo de Macroeconomía del Post Grado de la Universidad el Pacífico (debe haber sido el primero y único libro de ese tipo que conocieron las arenas de las playas hawaiianas) yo me entretenía echándome bronceador y mirando las tangas internacionales que pululaban entre las parrillas, duchas y las orillas de la playa. Mis dotes de observador (fijón) hicieron que me percate de que la playa estaba llena exclusivamente de parejas del mismo sexo, (femeninas y masculinas pero con truco) por lo cual hice un esfuerzo por no reírme y le dije a Juanjo que mejor se arrimara un poquito porque en esa playa gay a la que me había llevado, se estaba corriendo la voz de que eramos pareja y había un noticiero filmando... Juanjo se paró de un salto poniendo ojos de lechuza psicodélica, se cubrió las tetillas con la toalla y salió despavorido hacia la avenida Kalakaua, entre silbidos y besitos volados de la distinguida concurrencia... Terminamos en la playa del Hilton Hotel, con un Mauna Loa en la mano (Piña entera con licores exóticos, jugos y fuego) viendo desde un chaise long cómo filmaban un capítulo de Bay Watch Hawaii, con todas las mamacitas que salían por la Tv, en vivo y en directo (sufran), al compás de un ukelele, es decir: el paraíso en medio del mar más bello e inmenso... Luego de recorrer durante doce dias en el bus-tranvía los tres circuitos de la isla: Museos, playas y centros comerciales, y de unas visitas obligadas a Pearl Harbor y a la hermosa isla de Maui, con paseo en avión y en submarino incluídos, terminamos en el Centro Cultural Polinesio, donde luego de apreciar las diferentes danzas y costumbres de las diferentes islas de la Melanesia, la Micronesia y barrios afines, tomarnos fotos con las mejores bailarinas de hula- hula de la isla de Tonga y saborear un riquísimo Luau, entramos a una especie de callejón en donde un luchador autóctono hawaiiano de dos metros de altura y más de doscientos kilos de peso sin contar la lanza, nos enseñó todo lo que se podía hacer con los cocos: Combustible, fuego, leche, masa comestible, ropa y la popular "agüita de coco".
Al terminar enseñó a la concurrencia la foto de un pez exótico y nos explicó que era algo así como la mascota oficial del Aloha State (así le dicen los gringos a Hawaii) y algo sagrado para los hawaiianos; luego se atravezó en la puerta y dijo que repetiría tres veces el nombre nativo del bendito Rhinecanthus rectangulus (nombre científico del vulgarmente conocido comoTrigger fish o Picasso fish) y que quien no se lo aprendiera y lo pronunciara correctamente en perfecto hawaiiano, no podría salir del corral ese y al que se quedaba al último se lo chifaba... Nunca olvidaré ese triste espectáculo de cincuenta personas repitiendo asustadas y con extraña voz de misionero yugoeslavo: Humuhumu-nukunuku-apua'a... humuhumu-nukunuku-apua'a... humuhumu-nukunuku-apua'a...
G. Cook Kamehameha
Copy rights "Las Vegas Tribune" Las Vegas, Nevada - USA
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By Gino Winter
Todavía en Lima-Perú, preparándome para el exilio, saboreaba un exquisito sanwich de chicharrón con camote frito en el Kio's, cuando de pronto me pareció escuchar, dentro de un comercial televisivo de Fanta, la palabra hawaiiana: "Humuhumu-nukunuku-apua'a"... Recordé con nostalgia mi llegada a Honolulú en la Isla de O'ahu (gracias al millaje de mi añorada Goldcard) y las horas que pasé en el aeropuerto internacional John Rodgers, tratando de encontrar en los servicios turísticos un hotel que me cobrara menos de trescientos dólares la noche. Un agente de turismo, sorprendido porque en sus diez años en la isla recién veía un peruano, me aconsejó tomar uno o dos días que quedaban libres y en remate, entre periodos de hospedaje de treinta o más días que tomaban personas con mayor capacidad económica, en los mejores hoteles Resorts de la isla. Así me pasé la primera semana mudando cada uno o dos días de habitación o de hotel, lo cual me ahorró doscientos dólares diarios pero me dejó paranoico. Cuando ya me estaba cansando de hacerla de gitano, conseguí una habitación por menos de cien dólares la noche, incluyendo desayuno con fruta, muffins, pastelitos, panes y el extraordinario café gourmet Kona, disponible en dieciséis sabores humeantes, entre ellos mi favorito: tostado con nueces de Macadamia. Fue en el hotel Diamond Head (cabeza de diamante), cerca del volcán apagado del mismo nombre. Creo que estaba subvencionado, pues el ingreso estaba restringido a los participantes de un torneo internacional de Bodyboard (Morey), por lo cual tuve que presentarme como subcampeón peruano de dicho deporte y coronar campeón instantáneo a Juanjo, un amigo peruano que estaba en las mismas condiciones y que había olvidado su lamentable Inglés del ICPNA de la avenida Emancipación. Él se enteró al día siguiente cuando le preguntaron por nuestras tablas y tuvimos que decirles que llegarían en otro vuelo. Inmediatamente, dos amables japonesitas pusieron a nuestra disposición sendas tablas hawaiianas y equipos ad-hoc indicándonos el camino hacia la terraza del hotel que estaba metida en el mar, al final de Waikiki, donde los campeones de diferentes países estaban jugando peligrosamente con las olas. Yo nunca me había subido a uno de aquellos trastos y mi compatriota apenas podía hacer "el perrito cojo" y había dejado de hacer "el muertito" porque casi le sale de verdad. Pudimos sacarles la vuelta y enrrumbar hacia una linda playa nudista al lado del hotel, en donde mi compadre Juanjo se negó a ingresar, esgrimiendo su extraña formación agnosticopusdeica y llevándome de facto hacia una playa continua, igual de espectacular, en donde tendimos nuestras toallas de Gamarra. Mientras Juanjo estudiaba su voluminoso tomo de Macroeconomía del Post Grado de la Universidad el Pacífico (debe haber sido el primero y único libro de ese tipo que conocieron las arenas de las playas hawaiianas) yo me entretenía echándome bronceador y mirando las tangas internacionales que pululaban entre las parrillas, duchas y las orillas de la playa. Mis dotes de observador (fijón) hicieron que me percate de que la playa estaba llena exclusivamente de parejas del mismo sexo, (femeninas y masculinas pero con truco) por lo cual hice un esfuerzo por no reírme y le dije a Juanjo que mejor se arrimara un poquito porque en esa playa gay a la que me había llevado, se estaba corriendo la voz de que eramos pareja y había un noticiero filmando... Juanjo se paró de un salto poniendo ojos de lechuza psicodélica, se cubrió las tetillas con la toalla y salió despavorido hacia la avenida Kalakaua, entre silbidos y besitos volados de la distinguida concurrencia... Terminamos en la playa del Hilton Hotel, con un Mauna Loa en la mano (Piña entera con licores exóticos, jugos y fuego) viendo desde un chaise long cómo filmaban un capítulo de Bay Watch Hawaii, con todas las mamacitas que salían por la Tv, en vivo y en directo (sufran), al compás de un ukelele, es decir: el paraíso en medio del mar más bello e inmenso... Luego de recorrer durante doce dias en el bus-tranvía los tres circuitos de la isla: Museos, playas y centros comerciales, y de unas visitas obligadas a Pearl Harbor y a la hermosa isla de Maui, con paseo en avión y en submarino incluídos, terminamos en el Centro Cultural Polinesio, donde luego de apreciar las diferentes danzas y costumbres de las diferentes islas de la Melanesia, la Micronesia y barrios afines, tomarnos fotos con las mejores bailarinas de hula- hula de la isla de Tonga y saborear un riquísimo Luau, entramos a una especie de callejón en donde un luchador autóctono hawaiiano de dos metros de altura y más de doscientos kilos de peso sin contar la lanza, nos enseñó todo lo que se podía hacer con los cocos: Combustible, fuego, leche, masa comestible, ropa y la popular "agüita de coco".
Al terminar enseñó a la concurrencia la foto de un pez exótico y nos explicó que era algo así como la mascota oficial del Aloha State (así le dicen los gringos a Hawaii) y algo sagrado para los hawaiianos; luego se atravezó en la puerta y dijo que repetiría tres veces el nombre nativo del bendito Rhinecanthus rectangulus (nombre científico del vulgarmente conocido comoTrigger fish o Picasso fish) y que quien no se lo aprendiera y lo pronunciara correctamente en perfecto hawaiiano, no podría salir del corral ese y al que se quedaba al último se lo chifaba... Nunca olvidaré ese triste espectáculo de cincuenta personas repitiendo asustadas y con extraña voz de misionero yugoeslavo: Humuhumu-nukunuku-apua'a... humuhumu-nukunuku-apua'a... humuhumu-nukunuku-apua'a...
G. Cook Kamehameha
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